viernes 20 de abril de 2007

Un Serbio cabreado


La primera vez que vi jugar a Gurovic fue la última temporada que estuvo en España jugando en la filas de DKV Joventud. Ya lo llevaba siguiendo desde hace varios años por la calidad que atesora y que había demostrado anteriormente en equipos como el Barcelona o el Unicaja de Malaga. Ese día no me descepcionó. Una exhibicion de tiro exterior y de entradas a canasta, entre otras muchas cosas con las que nos deleitó a toda la grada de palacio de los deportes de Granada. Pero ésta no es la historia de hoy.

Gurovic nacio Novi Sad, en la Voljvodina, pueblo que tuvo que abandonar para exiliarse en plena Guerra de los Balcanes. Tan conflictivo como buen jugador (tanto con su equipo, como con los contrarios, como con la grada) y amante de las juegas nocturas, desde el año 2002 añadio un motivo más para la polémica. En su biceps izquierdo tiene tatuado a Draza Mihajlovic; preconizador de la Gran Serbia, colaborador con los nazis -y con los fascistas italianos- durante la Segunda Guerra Mundial, organizador de los chetniks que combatían a los partisanos antifascistas de Tito, responsable de la muerte de miles de croatas y fusilado por los comunistas.

Gurovic, que jugó en el Partizan, lleva un par de temporadas en el Estrella Roja, también de la capital serbia, y los aficionados de éste no le han perdonado su traición. La Policía serbia le denunció el pasado 19 de octubre tras liarla en un derbi: insultado, se revolvió lanzándoles una botella de plástico. El viernes, empujó a un árbitro porque se siente perseguido por éstos y las hinchadas rivales porque insultan a su mujer y su hijo.

Y ahora me pregunto. ¿Que tipo de jugador hubiera sido Gurovic si se hubiera dedicado en exclusiva a jugar el baloncesto, que es lo que mejor sabe hacer?. Hubiera sido un supercrack, porque un crack ya lo es.